22/12/2023 Viernes 3º de Adviento (Lc 1, 46-56)

Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador.

Tras escuchar las palabras de Isabel, María es incapaz de contenerse; el corazón se le desborda y comparte su gozo con su amiga. Su cántico, el Magnificat, es el himno de los pobres; de quienes, estando vacíos de sí mismos, están llenos de Dios. Es el fruto de una experiencia de salvación que llena la vida de entusiasmo y hace que cantemos las maravillas de Dios.

La oración de María, como la de Jesús, se mueve en la órbita de la alabanza. Todo arranca con la certeza de saberse mirado y querido: Ha mirado la humillación de su esclava. María vive deslumbrada ante la grandeza de Dios. El pozo de Nazaret adonde acude a diario, le recuerda que cuanto más profundamente vacía de sí misma, más limpia el agua con que todos los de su casa saciarán su sed.

La fe es el corazón de toda la historia de María; ella es la creyente, la gran creyente. Ella sabe que en la historia pesa la violencia de los prepotentes, el orgullo de los ricos, la arrogancia de los soberbios. Sin embargo, María cree y proclama que Dios no deja solos a sus hijos, humildes y pobres, sino que los socorre con misericordia (Papa Francisco).

María se quedó con ella tres meses, y después se volvió a su casa.

Las dos mujeres pasaron largos ratos conversando, disfrutando de la amistad. Hablarían de sus profundas vivencias, de sus sentimientos de gratitud ante tanto favor recibido. No perderían tiempo criticando amargamente los escándalos e injusticias de los poderosos de su tiempo. Y a la hora de partir, las dos amigas se abrazarían entre lágrimas de gozo y de gratitud.

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