26/09/2020 Sábado 25 (Lc 9, 43b-45)

Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres.

También en el Evangelio de ayer Jesús anunciaba su trágico final a los discípulos. Lo vuelve a repetir hoy. Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado su sentido de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto.

Jesús acaba de sanar al niño epiléptico. El pueblo está fascinado. Pero los aplausos y aclamaciones no deben desviar al Maestro ni al discípulo del camino a seguir: el de la cruz. Los discípulos no comprenden. Lo comprenderán cuando les sea dado de lo alto, porque: Nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Lc 10, 22).

A los discípulos de entonces y a los de ahora, nos cuesta asumir el sufrimiento y la cruz. Cuando sufrimientos o ansiedades envuelven la vida en la oscuridad y en la desesperanza, cuando sentimos intensamente la impotencia y la fragilidad, entonces debemos presentar nuestra indigencia a la misericordia de Dios, como Jesús en Getsemaní. La fe y la oración nos llevarán, por ejemplo, a vivir estos tiempos de pandemia con prudencia y con cuidado, sí, pero sin dejarnos dominar por el miedo.

El Papa Francisco comenta: La sociedad del éxito y la apariencia inocula su veneno en el corazón humano y nos hace aún más difícil incorporar en la vida los fracasos y las noches oscuras que también forman parte de ella. Pero Jesús permanece fiel con nosotros para que nuestra fe no vacile y encarar desde ella los aspectos más contradictorios y sufrientes que la Buena Nueva del Evangelio también conlleva.

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