Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. Estas palabras de Jesús las repetimos en cada Eucaristía: La paz os dejo, mi paz os doy. Pero, más allá de las adversidades de la vida, ¿podemos decir con verdad que experimentamos realmente esta paz y que, apoyados en la confianza, vivimos en buena sintonía con el Señor, con los demás y con nosotros mismos? Jesús, sabedor de lo poco fiables que eran aquellos discípulos suyos, les exhorta a no dejarse perturbar por nada. Tampoco por las propias miserias. Porque, como dice el Papa Francisco, la misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. La paz de Jesús no es fruto de la ausencia de conflictos o sufrimientos. Tampoco es una especie de nirvana distanciado de la realidad. La paz de Jesús es de su Espíritu que nos habilita a convivir serenamente con cizañas propias o ajenas. Su paz es compañera inseparable del amor; no hay paz sin amor, sin entrega, sin olvido propio. Y lo mismo que el verdadero amor convive con la imperfección, así la verdadera paz convive con el conflicto. Me voy y volveré a vosotros. El saber que Jesús se ha ido para prepararnos un lugar, y saber que cuando lo tenga preparado volverá para llevarnos con Él, y saber que ya se llevó de la mano a los seres queridos que teníamos entre nosotros, es saber que la muerte es el paso a la plenitud de la vida. La esperamos con serenidad. Como lo expresan las palabras de la oración de la misa después del Padrenuestro: Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.