03/10/2026 Sábado 26 (Lc 10, 17-24)
Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: ¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.
San Pablo habla con frecuencia del silencio de Dios sobre su plan de salvación, el secreto escondido por siglos y generaciones y ahora revelado a sus consagrados (Col 1, 26); el misterio escondido desde siglos en Dios (Ef 3, 10).
La fe cristiana, el seguir a Jesús, es un privilegio del que aquellos discípulos no son conscientes cuando escuchan las palabras de Jesús. Lo serán más tarde. Como Pedro: Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo que, según su gran misericordia y por la resurrección de Jesucristo de la muerte, nos ha regenerado para una esperanza viva, una herencia incorruptible, reservada para vosotros en el cielo (1 P 1, 3-4).
¿Somos conscientes nosotros de lo privilegiados que somos? ¿O como buenos analfabetos espirituales, somos incapaces de leer, interpretar o comunicar la experiencia de lo que se nos concede gratuitamente? El analfabetismo espiritual convierte la vida cristiana en una cuestión de leyes y éticas. Quizá estamos contentos con ser cristianos, pero tampoco es cosa de echar las campanas al vuelo. Entonces es que también a nosotros nos falta un camino por recorrer hasta llegar a apreciar la verdad de las palabras de Jesús y vivir en la alabanza y la gratitud.
¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! La alegría del Evangelio tiene un pálpito inconfundible. Así lo expresa Juan de la Cruz: Míos son los cielos y mía es la tierra. Porque Cristo es mío y todo para mí. Sal fuera y gloríate en tu gloria. Escóndete en ella y goza.
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