04/10/2026 Domingo 27 (Mt 21, 33-43)
Un hacendado plantó una viña, la rodeó con una tapia, cavó un lagar y construyó una torre; después la arrendó a unos viñadores y se marchó.
La parábola va dirigida, en primer lugar, al pueblo judío con sus pertinaces rebeldías tantas veces denunciadas por los profetas. Claro que, como dice san Pablo, esas rebeldías fueron parte del designio de Dios para la salvación de todos, judíos y no judíos: El endurecimiento de parte de Israel durará hasta que la masa de los paganos se incorpore (Rm 11, 25). Al fin y al cabo, todos somos rebeldes, y nuestras rebeldías forman también parte del designio salvífico de Dios: Porque Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia (Rm 11, 32).
La parábola va dirigida también a todos nosotros cuando actuamos como dueños de las viñas que Dios nos ha encomendado: familia, prójimos, bienes recibidos… Se nos pide cuidar con esmero de todo eso, teniendo siempre claro que no somos dueños sino administradores. Ninguna viña es nuestra; ni siquiera la propia vida. Por eso que no es cosa nuestra decidir cuándo poner fin a la vida propia o ajena.
Os quitarán el Reino de Dios y se lo darán a un pueblo que produzca sus frutos.
En nuestro caso no es de recibo perder de vista el mandato del dueño de la viña. Es un mandato muy claro: Que os améis unos a otros como yo os he amado (Jn 15, 12). Nada más y nada menos. Los viñadores de hoy no podemos perdernos, como los viñadores de entonces, en la escrupulosa observancia de otras muchas normas. Los buenos frutos consisten en la fidelidad a este mandato del señor.
El Papa Francisco decía que con esta parábola Jesús nos recuerda lo que sucede cuando el hombre se cree que se hace a sí mismo y olvida la gratitud, olvida la realidad fundamental de la vida: que todo viene de Dios, que todo es don gratuito.
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