07/10/2026 Nuestra Señora del Rosario (Lc 11, 1-4)
Una vez estaba en un lugar orando. Cuando terminó, uno de los discípulos le pidió: Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.
Ayer, en la casa de sus amigos de Betania, escuchábamos a Jesús invitando a quedarnos con la mejor parte. Hoy los discípulos le ven practicando lo que predica. Les sorprende la manera de orar de Jesús; ellos saben más de rezar que de orar. Recitan con frecuencia oraciones y salmos, pero les resulta extraño lo de retirarse a lugares solitarios para orar.
Él les dijo: Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre…
No imparte una lección sobre la oración. No habla de métodos o técnicas de oración. Tiene claro que no se aprende a orar especulando, sino orando. Es clave la primera palabra de su oración: PADRE. Oramos desde la confianza plena del niño con su padre: Porque no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! (Rm 8, 15). No cabe temor en el amor, antes bien, el amor pleno expulsa el temor, porque el temor entraña castigo; quien teme no ha alcanzado la plenitud en el amor (1 Jn 4, 18).
Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre… ¡PADRE! Es la invocación que libera de lo que nos impide ser más humanos; la invocación que inyecta en nosotros una actitud festiva, agradecida y creadora; la invocación que nos adentra en la fraternidad universal; la invocación que no permite vernos oprimidos por ansiedades, recelos, suspicacias, miedos, desconfianzas o preocupaciones. Y cuando nos quedemos en blanco y no sepamos rezar, recurramos al Padrenuestro para rezarlo despacio, palabra por palabra.
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