08/10/2026 Jueves 27 (Lc 11, 5-13)
Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: Amigo, préstame tres panes…
Ayer nos enseñaba la oración del Padrenuestro. Hoy, con dos parábolas, nos dice cómo hay que orar: con confianza y con insistencia. Como aquel que, sintiendo importunar a medianoche al amigo, se ve obligado a hacerlo. O como el niño que, con su encantador descaro, abruma a papá o mamá hasta obtener lo que pide.
Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?
Con una chispa de humor decía el Papa Francisco que Dios nunca envía su gracia por correo, porque la gracia es Él mismo. Cuando oramos con confianza, con tanta insistencia como familiaridad, ya hemos conseguido lo pedido. Y más. Porque ya tenemos el don supremo del Espíritu, el que nos hace disfrutar de la vida en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rm 8, 21). Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5, 5).
Así es como vamos por la vida sin miedo ni temor. Porque en el amor no cabe el temor, antes bien, el amor desaloja el temor. Pues el temor se refiere al castigo, y quien teme no ha alcanzado un amor perfecto (1 Jn 4, 18). Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! (Rm 8, 15). Pues el Espíritu que Dios nos dio no es de timidez, sino de fuerza, amor y templanza (2 Tim 1, 7).
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