22/09/2026 Martes 25 (Lc 8, 19-21)
Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.
Han caminado más de treinta kilómetros. Vienen a llevárselo consigo de vuelta a Nazaret; piensan que Jesús ha perdido la cabeza. Son un grupo de parientes que se hacen acompañar por su madre para así convencerle. Se quedan fuera; fuera del círculo de quienes están escuchando a Jesús. A su madre, secuestrada por los parientes, le toca pasar un trance penoso; le toca hacer un discernimiento profundo de cómo ser modelo de discipulado en circunstancias adversas, quedándose físicamente fuera.
Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.
¿Oiría ella las palabras del hijo? Si las oyó, guardaría silencio y en lo hondo del corazón habría comunión plena con Él. Ella es dichosa por ser su madre, pero más dichosa por su escucha. Jesús había dicho poco antes: Son los que escuchan la Palabra con un corazón bien dispuesto, la retienen y dan fruto con perseverancia (Lc 8, 15). Dirá poco después: Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen (Lc 11, 28). Ella, desde el hágase de la Anunciación, es la primera entre quienes escuchan la Palabra y la cumplen.
Jesús crea su propia familia con quienes le escuchamos: Ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los consagrados y de la familia de Dios (Ef 2, 19). Pertenecemos a la familia de los que no han nacido de la carne y de la sangre, sino de Dios (Jn 1, 13). Escuchar significa leer y rumiar la Palabra de modo que penetre en el corazón y lo transforme, porque la Palabra de Dios es viva y eficaz y discierne sentimientos y pensamientos del corazón (Heb 4, 12).
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