26/09/2026 Sábado 25 (Lc 9, 43b-45)
Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo de Hombre va a ser entregado en manos de los hombres.
En medio de la admiración de todos, porque acaba de curar a un niño epiléptico, Jesús repite a los discípulos la predicción de su dramático final que veíamos ayer. Pero ellos no entendían este asunto; su sentido les resultaba encubierto, pero no se atrevían a hacerle preguntas respecto a esto.
Hay cosas que preferimos no escuchar. ¿Nos asustan? ¿Nos comprometen? Son cosas que debemos afrontar con determinación si queremos seguir a Jesús. Pablo dice: El mensaje de la cruz es locura para los que se pierden; pero para los que nos salvaremos es fuerza de Dios… Los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría. Mientras que nosotros anunciamos un Mesías crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos (1 Cor 1, 18-24). No nos cuesta sacar la cruz en procesión o llevarla al cuello, pero nos cuesta interiorizarla y abrazarla.
No se atrevían a hacerle preguntas. ¿Quizá no les interesa entender el asunto, aunque intuyen que es de la mayor importancia? Como la cosa no encaja en sus planes triunfalistas, prefieren callar. Escuchan lo que les apetece; evitan afrontar la incómoda realidad que Jesús pone ante sus ojos. Lo que suena bien a los oídos humanos son palabras como éxito, triunfo, gloria. Eso sí es bien recibido por los discípulos, los de ayer y los de hoy. Pero nuestro ideal deberá ser siempre el vivido por Pablo: Con Cristo estoy crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí (Ga 2, 19-20).
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