30/09/2026 San Jerónimo (Lc 9, 57-62)
Mientras iban caminando, uno le dijo: Te seguiré adondequiera que vayas.
Mientras iban caminando. Caminan hacia Jerusalén. No lo podemos olvidar quienes seguimos a Jesús. Él nos lo recordará: Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga (Mt 16, 24). Quien olvida esto, pierde el rumbo de su vida.
Jesús solía estar rodeado de grandes multitudes. Incluso camino de Jerusalén aparecen estos tres candidatos a ser sus discípulos. Parecen dispuestos a todo. Jesús les escucha y les pone ante la cruz. Todo cambia, y no hemos vuelto a saber de ellos.
Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
Quienes pretendemos seguir a Jesús tengamos claro desde el primer momento que el camino va a estar marcado por la inseguridad y la incertidumbre. Que este camino no se compagina con las inercias de la vida. Que es un camino, como dice Santa Teresa, que exige una muy grande y determinada determinación de no parar, venga lo que viniere, suceda o que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino.
Nada de buscar garantías humanas para el presente o el futuro. Nada de apoyarnos en cosa o persona que no sea Jesús de Nazaret: Sígueme. Y punto. No hay explicaciones, no hay planes, no hay objetivos.
Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.
San Pablo así lo entendió y vivió: Olvidando lo que queda atrás, me esfuerzo por lo que hay por delante y corro hacia la meta (Flp 3, 13).
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