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04/03/2025 Martes 8º (Mc 10, 28-31)

  • 3 mar 2025
  • 2 Min. de lectura

Os aseguro que todo el que deje casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mí y por el Evangelio, ha de recibir en esta vida cien veces más…, y en el mundo venidero vida eterna.

Ha de recibir. Jesús promete mucho. Nos hace recordar las promesas del pasado a grandes creyentes como Abrahán o María de Nazaret. Todo tendrá cumplido cumplimiento. Pero el cumplimiento de las promesas se hará evidente solamente a los ojos de la fe. Nada se cumplirá según las expectativas mundanas de los discípulos. El discípulo alcanza su madurez solamente con la experiencia de muerte y resurrección propias vividas a la luz de la muerte y resurrección del Señor. Es entonces cuando las expectativas del discípulo sufren un cambio radical. Ya no correrá tras honores o éxitos, sino que disfrutará de la plenitud de la vida sabiéndose inmerso en el océano del amor de Dios.

Con persecuciones. No promete un camino de rosas o un paraíso facilón. Promete el ciento por uno con persecuciones: con incomprensiones, con desencantos, con rechazos…;  provenientes sobre todo de los más cercanos.

Por mí y por el Evangelio. Pedro no ha aprendido todavía a seguir a Jesús de manera desinteresada; sigue a Jesús porque espera los honores y dignidades que acompañarán al Mesías soñado por él. Jesús no reprende a Pedro; responde con paciencia. Sabe que el seguimiento desinteresado llegará solamente con la experiencia de la cruz y de la resurrección. Hasta entonces la radicalidad que Jesús pide a sus seguidores, a todo creyente, tropezará con la barrera de los valores del mundo. Superar esa barrera resulta imposible para el hombre, pero, como acaba de decir Jesús, lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.

 
 
 

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