26/02/2026 Jueves 1º de Cuaresma (Mt 7, 7-12)
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Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.
Jesús no lo duda; nosotros sí. Lo cierto es que la oración transforma la realidad. Si las cosas no cambian a nuestro alrededor, cambia nuestro corazón.
¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide pescado, le da una culebra?
El niño no puede nada y lo necesita todo. Necesita, sobre todo, sentirse inmerso en cariño como el pez en el agua. Actúa convencido de tener derecho a todo. Y lo exige, lo necesita o no. Sus papás se lo consienten encantados, no porque se porte bien, sino porque es su hijo. Vienen a la mente las palabras de Dios en Isaías: ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Is 49, 15). Y también: Mamaréis, os llevarán en brazos, y sobre las rodillas os acariciará; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo (66, 12-13).
¡Cuánto más vuestro Padre del cielo!
No tenemos que hacer nada especial para ganarnos su amor. La mística Juliana de Norwich (+ 1416) convencida de esta, la más verdadera de todas las verdades, repetía: All is well = Todo está bien.
Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros. En esto consiste la ley y los profetas.
Llegados a cierta edad, anhelamos, sobre todo, vivir en paz, sin sobresaltos: ¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido! Anhelamos también que las personas que queremos disfruten de ese mismo bienestar interior. Por eso que, llegados a cierta edad, practicamos mejor, como nos pide Jesús, la amabilidad y la afabilidad con todos.
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