09/09/2026 Miércoles 23 (Lc 6, 20-26)
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Dirigiendo la mirada a los discípulos, les decía: Dichosos los pobres, porque el reinado de Dios les pertenece.
Con las Bienaventuranzas Jesús nos ofrece un mensaje categórico. Nos pide no poner nuestra confianza en lo material y pasajero, y no buscar la felicidad siguiendo a vendedores de humo. Quiere abrirnos los ojos, para que tengamos una visión más auténtica de la realidad y curarnos de la miopía típica del mundo en que vivimos. Son palabras que, siendo difíciles de asimilar, deben interpelarnos de modo que lleguemos a reconocer lo que de verdad nos enriquece y nos da una vida de plenitud. Es evidente que no encontramos la felicidad en el dinero. Tampoco en la buena salud del cuerpo. Hay personas con mucho dinero y con buena salud física, pero viven desesperadas.
Nos acercamos de la mejor manera a la lectura orante de las Bienaventuranzas, entendiéndolas como un retrato de Jesús. Él, que se identifica con el pobre: Lo que con ellos hicisteis, conmigo lo hicisteis (Mt 25, 40). Hablar de pobreza evangélica no es hablar de bienes materiales; es hablar de Jesús de Nazaret, el más pobre y el más dichoso. Pobres somos todos; dejamos de serlo cuando vivimos felices con nuestra pobreza. Como Santa Isabel de la Trinidad: Me es imposible decirle la paz que infunde en mi alma el pensamiento de que Él suple mis debilidades, que si caigo en cualquier momento, Él está allí para levantarme e introducirme más en su interior.
Acojamos las Bienaventuranzas ponderando el esfuerzo de Jesús por liberarnos de la mentalidad del mundo. Agradezcamos su esfuerzo por estimularnos a otro tipo de vida. Le encantaría que valorásemos la humildad, la compasión… Es el camino de la dicha, de la bienaventuranza.
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