17/03/2026 Martes 4º de Cuaresma (Jn 5, 1-16)
- 16 mar
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Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: ¿Quieres quedar sano? El enfermo le contestó: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua.
Llevaba treinta y ocho años enfermo. Treinta y ocho años esperando que alguien le ayudase. Es mucho tiempo. Tanto que ha perdido sus capacidades de iniciativa y de reacción. Resignado a su suerte, se ha encerrado en su mundo. Por eso que cuando Jesús le pregunta si quiere quedar sano, él no entiende: no cree en la posibilidad de volver a conocer la alegría de vivir. La enfermedad puede producir en nosotros efectos profundos, más allá de los físicamente evidentes. Puede ayudarnos a salir de nosotros mismos y apoyarnos más en el Señor, o puede encerrarnos más en nosotros mismos adoptando actitudes de victimismo patético.
¡Qué cosa tan triste la vida de tantas personas que dan la impresión de haber renunciado a lo positivo de la vida! Personas que viven encerradas en sí mismas, enfundadas en lo rutinario y en lo institucional. Personas adeptas a la queja, al lamento, a la negatividad. Tampoco al final, en el último encuentro con Jesús, tampoco entonces percibimos en aquel hombre un mínimo asomo de luz y de entusiasmo. Jesús le dice: Has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor. Y aquel hombre corre a informar a los enemigos de Jesús.
Haremos bien en escuchar la pregunta como dirigida a nosotros: ¿Quieres quedar sano? Haremos vivir en reavivar nuestra fe hasta convencernos de que a Él le resulta muy sencillo levantarnos de nuestras postraciones, y sacarnos de lo nuestro, y hacernos libres, y convertirnos en servidores alegres de nuestros hermanos.
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