12/05/2026 Martes 6º de Pascua (Jn 16, 5-11)
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Lo que os he dicho os ha llenado de tristeza.
Los dos de Emaús representan la desilusión de todos los discípulos, cuando confiesan al forastero que se les había acercado mientras caminaban: ¡Nosotros esperábamos que Él fuera el liberador de Israel! (Lc 24, 21). Con razón están todos tristes.
Pero os digo la verdad: os conviene que yo me vaya.
Os conviene. La experiencia de ausencia, de noche oscura, es necesaria para todo discípulo. Lo fue para el Maestro: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 34). Lo fue también para su madre al pie de la cruz. Lo es para todos. La cruz es la clave de la historia. De la de Jesús, de la mía personal, y de la historia universal.
Cuando Él venga convencerá al mundo en lo referente al pecado. El Evangelio de Juan identifica al pecado con la oposición a la Verdad, con la incredulidad.
Y en lo referente a la justicia. La justicia de Dios es la misericordia. La gran tarea del Espíritu es la de mostrar a los humanos el verdadero rostro y corazón de Dios.
Y en lo referente al juicio. Todo mal, todo lo que daña al hombre, ha sido juzgado y condenado: Pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud, y reconciliar por Él y para Él todas las cosas (Col 1, 19-20).
El príncipe de este mundo está sentenciado.
Jesús concluirá el discurso de la última cena con estas palabras: Tened confianza, yo he vencido al mundo (Jn 16, 33). Y en el libro del Apocalipsis: Satanás, el seductor del mundo entero, fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él (12, 9).
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