19/05/2026 Martes 7º de Pascua (Jn 17, 1-11a)
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Padre, ha llegado la hora: da gloria a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria; ya que le has dado autoridad sobre todos los hombres para que dé vida eterna a cuantos le has confiado.
Ha llegado la hora. Llegada la hora, llegado el momento culminante de su vida y de toda la creación, Jesús hace esta oración ofreciéndose a sí mismo e intercediendo por cuantos el Padre le ha confiado.
Para que dé vida eterna. Cuando Jesús habla de vida eterna no piensa en tiempos interminables, sino en vivencias profundas del misterio de Dios. Por eso que los creyentes comenzamos a vivir la vida eterna ya en este mundo. Cuando oramos por nuestros difuntos, mejor desearles vida eterna que descanso eterno. Lo de descanso eterno sugiere quietud final; lo de vida eterna habla de plenitud vigorosa: En esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús el Mesías.
Yo te he dado gloria en la tierra cumpliendo la tarea que me encargaste hacer. Ahora tú, Padre, dame gloria junto a ti, la gloria que tenía junto a ti, antes de que hubiera mundo.
La glorificación del Hijo, y de todos los hijos, consiste en la manifestación del poder de salvación de Dios. Manifestación que culmina en la cruz. La humillación del Hijo, y de todos los hijos, no oculta la gloria de Dios, sino que la revela. Dice el Papa Benedicto XVI: Es la hora de la extrema radicalización del amor incondicional de Dios; amor en el que, a pesar de todas las negaciones por parte de los hombres, Él se entrega, toma sobre sí el NO de los hombres, para atraerlo de este modo a su SÍ.
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