16/05/2026 Sábado 6º de Pascua (Jn 16, 23b-28)
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Os aseguro que lo que pidáis a mi Padre, os lo dará en mi nombre.
Os aseguro. Hagamos nuestra esa seguridad suya. Con la oración del Padrenuestro vivamos en todo momento abiertos al Padre del cielo que sabe de qué tenéis necesidad (Mt 6, 8); y que cuando no ha llegado aún la palabra a mis labios, tú, Señor, te la sabes toda (Salmo 139, 4). Vivamos en la seguridad y tranquilidad del niño pequeño que confía en papá y mamá.
Cuando entramos de lleno en esta atmósfera de intimidad, la oración ya no es punto de partida para obtener favores, sino trato de amistad. Oramos con los mismos sentimientos de Jesús, siempre seguros de ser escuchados.
La oración siempre transforma la realidad. Si las cosas no cambian a nuestro alrededor, al menos nosotros cambiamos, cambiamos nuestro corazón. Jesús prometió el Espíritu Santo a cada hombre y mujer que reza (Papa Francisco).
Os he dicho esto en parábolas; llega la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que os explicaré claramente lo de mi Padre.
Con la Resurrección y Pentecostés comienza la iniciación perfecta del discípulo. Esta iniciación culmina con la visión de Dios tal cual es: Queridos, ya somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando aparezca, seremos semejantes a Él y lo veremos como Él es (1 Jn 3, 2).
Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre.
Salí del Padre, porque al principio ya existía la Palabra y la Palabra era Dios… Y la Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros (Jn 1, 1 y 14).
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