20/05/2026 Miércoles 7º de Pascua (Jn 17, 11b-19)
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Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.
Jesús continúa haciendo partícipes de sus confidencias con el Padre a los discípulos. Ellos escuchan cómo pide al Padre para ellos la unidad, la alegría, la plena sintonía con la verdad; la verdad que es Él mismo. Lo pide para todos los que me has dado: El Padre ama al Hijo y todo lo pone en sus manos (Jn 3, 35).
No te pido que los retires del mundo sino que los libres del Maligno.
Jesús es consciente de que sus discípulos vivimos en el mundo y de que muchas de las propuestas del mundo nos son hostiles. Pero no quiere hacer de nosotros una burbuja, un grupo excluyente, sino una comunidad que irradie vida. Quiere que seamos sal de la tierra y luz del mundo.
No son del mundo, igual que yo no soy del mundo.
Jesús nos sitúa entre el cielo y la tierra. No tengamos miedo a demostrar con naturalidad lo que somos y vivimos; con naturalidad y con discreción. No está bien echar las perlas a los puercos (Mt 7, 6).
Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad.
Verdad y Amor son lo mismo. Santifícalos, conságralos, sumérgelos, empápalos en la Verdad, en el Amor. Que no nos dejemos enredar por la no-verdad. Por ejemplo, por nuestras miserias y pecados. Que aprendamos a poner los ojos solamente en Él: Que el Padre de la gloria os ilumine los ojos de la mente para apreciar la esperanza a la que os llama, la espléndida riqueza de la herencia que promete a los consagrados y la grandeza extraordinaria de su poder a favor de nosotros los creyentes (Ef 1, 18-19).
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