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26/02/2025 Miércoles 7º (Mc 9, 38-40)

Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre y tratamos de impedírselo porque no va con nosotros.

Así habla el muy fervoroso Juan. En otra ocasión,  cuando unos samaritanos les nieguen alojamiento, se dirigirá a Jesús con su hermano Santiago para pedirle: Señor, ¿quieres que mandemos que caiga un rayo del cielo y acabe con ellos? (Lc 9, 54). También el fervor, como el amor, puede ser desatinado: No se lo impidáis. Aquel que haga un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí.

Nos gusta excluir; por eso nos gustan los clubes exclusivos con rígidos requisitos de entrada. Nos gusta controlar y dominar; a todos sin excepción. Cuando esto se lleva a cabo en nombre de Dios, entonces el control y el dominio adquieren dimensiones catastróficas.

El mensaje y la salvación de Jesús son para todos; no pueden ser encerrados en ningún espacio, tiempo o religión. El fervoroso Juan del Evangelio de hoy representa a quienes pretenden un Evangelio menos liberal y más rígido que el de Jesús. El Evangelio es católico, universal, para todos. Vivámoslo así, gozosamente, con corazón grande como el de Jesús. Viviremos la universalidad al final de los tiempos: Cuando todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra. Todo lo sometió bajo sus pies. Él es la plenitud del que lo llena todo en todo (Ef 1, 10; 22).

No se lo impidáis. Es la invitación que nos dirige Jesús hoy. Él nos llama a no pensar según las categorías de amigo/enemigo, nosotros/ellos, quien está dentro/ quien está fuera, sino para ir más allá; a abrir el corazón para poder reconocer su presencia en ambientes insólitos e imprevisibles (Papa Francisco).

 
 

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