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27/03/2026 Viernes 5º de Cuaresma (Jn 10, 31-42)

  • hace 4 horas
  • 2 Min. de lectura

Por ninguna obra buena te apedreamos, sino por la blasfemia, porque siendo hombre te haces Dios.

 

Las manos de los judíos están con frecuencia ocupadas con piedras. Como en el episodio de la mujer adúltera (8, 7). Jesús no maneja piedras. Ninguno de sus seguidores debe hacerlo. Nada de piedras en las manos, en la cabeza, en la lengua, en el corazón.

 

Los judíos no creen a Jesús. A pesar de sus milagros. Pero hay que decir en descargo de ellos que es normal no creer. Porque, ¿cómo creer a un hombre de carne y hueso que se proclama Dios? Pero, ¿es que nosotros, creyentes, creemos de verdad lo que decimos creer? ¿Creemos en un Dios que nos ama tanto que se hace hombre y que, por amor, muere en la cruz? Si lo creemos de verdad, nuestra vida será una vida empapada de confianza y de paz. Aunque no entendamos tantas cosas.

 

El Evangelista Juan es un verdadero creyente. Lo que para los judíos es blasfemia, para el Evangelista es la máxima revelación de Jesús. Y yo, ¿lo creo? Será bueno mirarme en el espejo de fe que es la madre de Jesús para ver cuánto se parece mi fe a la suya. Ella, la dichosa por haber creído. ¿Cómo veo mi fe cuando la comparo con la de la madre?

 

Y muchos allí creyeron en Él.

 

Más adelante, a raíz de la resurrección de Lázaro, el Evangelista repite: Muchos judíos creyeron en Él (Jn 11, 45). Pero muchos otros no creyeron en Él. Como allí, así aquí; y como ayer, así hoy. Tampoco los que creen son de fiar; ¿dónde están cuando pocos días después la multitud clama: Crucifícale?

 

 
 
 

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