29/08/2026 Martirio de San Juan Bautista (Mc 6, 17-29)
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Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven.
El Bautista es precursor del nacimiento, de la vida y de la muerte de Jesús. Hay tal sintonía entre los dos, que Herodes piensa que se trata de la misma persona: Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado (Mc 6, 16).
Herodes no es un monstruo. No quiere matar a Juan. Lo tiene por hombre justo y santo. Pero es un hombre sin voluntad. Como Pilato, sacrifica a Jesús por complacer a la gente.
La muerte del Bautista hace ver a Jesús cuál es su propio destino. Pero, suprimida la voz del desierto, comienza a proclamarse la palabra de la vida. Esa Palabra que se escribe con mayúscula porque es la persona de Jesús y que es fuego que abrasa el mundo entero; aunque lo hace de manera escondida.
El Bautista ha esperado con ansia la llegada del Mesías, como nadie antes de él. Pero cuando lo tiene ante sí, no le reconoce: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? (Lc 7, 19). ¡Es tan distinto de lo que imaginaba! Los últimos días de su vida, encerrado en la cárcel de Herodes, son días de terrible oscuridad para Juan. Aquel que venía detrás de él, bautizando con fuego y espíritu, no demuestra lo que de él se espera.
Jesús entiende que la suerte del Bautista es la suya. Y nosotros, discípulos de Jesús, debemos entender que, de una u otra forma, esa es también nuestra suerte.
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