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29/12/2024 Sagrada Familia (Lc 2, 41-52)

  • 28 dic 2024
  • 2 Min. de lectura

Bajó con ellos, vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

A los jóvenes que se enamoran y deciden casarse y crear una familia, la vida se les presenta como un camino de rosas. Así debió ser también para María y José. Y así es cómo los artistas nos presentan con frecuencia a la familia de Nazaret en unos cuadros tan idílicos como poco realistas llenos de flores y de angelitos. Pero la vida se encarga de ir purificando el amor primero; la herramienta de purificación es el sufrimiento. A José y María les tocó sufrir mucho desde los primeros momentos, incluso ante de convivir, por razón del misterioso embarazo de María. Así, sufriendo, es cómo el amor va dependiendo menos del sentimiento y va dependiendo más de la voluntad.

Lo esencial en la familia es el amor. Pero, y esto es algo que a muchos cuesta entender, el verdadero amor va más allá del sentimiento. Puede, incluso, que tenga poco que ver con el sentimiento en algunos momentos de la vida. El sentimiento es voluble como el viento; el verdadero amor es firme como la roca. No podemos prometernos los mismos sentimientos durante toda la vida. La familia de Nazaret es el mejor espejo del mejor amor y de la mejor familia; por su sencillez y por su capacidad para interiorizarlo todo. Así es cómo vive serenamente tanto las sombras como las luces de la convivencia.

Una familia es buena y sagrada no por la ausencia de tensiones y conflictos, sino por la habilidad para superarlos. Una familia es buena y sagrada si construye la convivencia sobre el respeto y el agradecimiento sencillo y explícito mutuos. Una familia es buena y sagrada si construye la convivencia sobre el perdón sincero ante las carencias del otro. Una familia es buena y sagrada, como la de Nazaret, si construye la convivencia con el alimento diario del pan de la Palabra de Dios ya que, como dice el salmo, si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles.

 
 
 

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