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01/04/2026 Miércoles Santo (Mt 26, 14-25)

  • 31 mar
  • 2 min de lectura

Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se dirigió a los sumos sacerdotes y les propuso: ¿Qué me dais si os lo entrego a vosotros.

¿Sería correcto pensar que Dios ha querido necesitar la traición de Judas para llevar a cabo su plan de salvación? Sería correcto, aunque suene disparatado. Es que todo el plan de Dios, todo el amor de Dios llevado hasta el extremo de la cruz, suena disparatado. Bien dice Pablo: Dios ha encerrado a todos en la desobediencia para apiadarse de todos. ¡Qué insondables sus decisiones, qué incomprensibles sus caminos! ¿Quién conoce la mente de Dios? (Rm 11, 32-35).

Judas representa las contradicciones e incongruencias de nuestras vidas: anhelos grandes y realidades pequeñas. Judas, en los comienzos, fue un discípulo entusiasta y ambicioso, como los demás. Poco a poco se fue distanciando porque Jesús no satisfacía sus sueños. Muchos discípulos le abandonaron pronto (Jn 6, 66). Judas, que aguantó más, al final reaccionó con violencia y, despechado, se vengó.

 

Pero lo peor de Judas fue no creer en el perdón. Así fue cómo su arrepentimiento pasó a ser desesperación. En verdad, en lo interior de Judas era de noche. Era la hora del triunfo momentáneo de las tinieblas. El arrepentimiento que mira hacia arriba, se aferra a la misericordia de Dios, y es fuente de liberación y de paz.

 

El Papa Benedicto dice sobre Judas: La luz que se había proyectado desde Jesús en el alma de Judas no se oscureció completamente. Hay un primer paso hacia la conversión: He pecado, dice a sus mandantes. Trata de salvar a Jesús y devuelve el dinero. Todo lo puro y grande que había recibido de Jesús seguía grabado en su alma; no podía olvidarlo.

 
 
 

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