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29/05/2026 Viernes 8º (Mc 11, 11-25)

  • hace 37 minutos
  • 2 min de lectura

¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!

Interpretamos este relato de la higuera estéril como una parábola. Porque no es verosímil que Jesús salga de Betania sin desayunar. Menos aún, que acuda a la higuera cuando no es tiempo de higos.

El Evangelista nos ofrece el relato al día siguiente de la entrada mesiánica en Jerusalén: Después de inspeccionarlo todo, como era tarde, volvió con los Doce a Betania. En su inspección del templo buscó frutos, pero halló solo hojas. El templo, como la higuera, parece frondoso, pero está vacío. El templo ha perdido todo su sentido. Con la higuera estéril, imagen del templo, Jesús hace resonar con fuerza las palabras del profeta: Este pueblo se me acerca con la boca y me glorifica con los labios, mientras su corazón está lejos de mí, y su culto a mí es precepto humano y rutina (Is 29, 13). Los frutos que Él busca son otros: Quiero misericordia, no sacrificios; conocimiento de Dios, no holocaustos (Os 6, 6).

¿Qué me dice a mí el relato de la higuera estéril? Me dice que el templo es un elemento importante de mi vida cristiana solamente si la celebración comunitaria de las maravillas de Dios me lleva a poner en práctica el mandamiento el Señor de amarnos como Él nos ha amado.

 

¿Quizá la higuera estéril me esté diciendo que también para mí ha llegado el momento de dejar atrás un pasado, unas prácticas religiosas que fueron buenas, pero que ya no lo son? ¿Quizá me esté diciendo que no debo engañarme con unas apariencias de lozanía religiosa cuando faltan los verdaderos frutos? ¿Quizá en mi religiosidad haya excesivo mirar hacia dentro y poco mirar hacia fuera en busca del bienestar de mis prójimos?

 
 
 

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