02/07/2026 Jueves 13 (Mt 9, 1-8)
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Jesús subió a una barca, cruzó a la otra orilla y llegó a su ciudad.
Volvemos a Cafarnaún. Dejamos atrás territorio pagano y el episodio de los dos endemoniados. Los personajes de hoy son: el paralítico, las personas que lo transportan, los maestros de la ley, Jesús.
Le trajeron un paralítico tendido en una camilla. Viendo Jesús la fe que tenían, dijo al paralítico: ¡Ánimo, hijo! Se te perdonan tus pecados.
Le trajeron. Personas anónimas, verdaderos protagonistas del milagro; como María en Caná. Jesús, viendo la fe de ellos... La fe del mediador o intercesor es suficiente para comunicar vida a otros. Nunca llegamos a lo que somos sin ayuda de terceros. Se te perdonan tus pecados. Jesús piensa en la salud del alma antes que en la del cuerpo. No hay peor parálisis que la del alma. Al paralítico le coge desprevenido el perdón. Jesús se lo da incondicionalmente.
Entonces algunos letrados pensaron: Éste blasfema.
Detrás de estas palabras de aquellos hombres de ley, adivinamos un dios que no es el Dios de Jesús; un dios que se ofende y se enfada con los pecados del hombre; un dios que castiga según la gravedad del pecado. Semejante fe en semejante dios, produce corazones de piedra.
Para que sepáis que este Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados –entonces dijo al paralítico-: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
Con Jesús, el pecado pasa a ser espacio privilegiado para un encuentro vivificante. Lo saben bien Pedro, y la mujer adúltera, y el hijo pródigo… Desde el momento del encuentro con Jesús, el pecado ya no paraliza al hombre porque, como dice san Pablo, en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Rm 8, 28).
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