30/06/2026 Martes 13 (Mt 8, 23-27)
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Subió a la barca y sus discípulos le siguieron.
Este relato de la tormenta durante la travesía del lago, viene precedido de dos posibles vocaciones. No sabemos si, al final, aquellos dos hombres siguen o no a Jesús. Se han acercado a Él con óptimas disposiciones, pero Jesús se lo ha puesto complicado. A uno le ha dicho que el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza; al otro, que deje que los muertos entierren a sus muertos. No era la bienvenida esperada. Probablemente se echaron atrás. Quienes ahora suben a la barca con Jesús son sus discípulos; no son gente especialmente distinguida…, pero van con Él.
De pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas; pero Él estaba dormido.
En medio del pavoroso oleaje, Jesús duerme tranquilo. Cuando todo indica que los poderes del mal dominan el mundo, Él duerme tranquilo. Evocamos aquellas palabras suyas de despedida en la última cena: En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo (Jn 16, 33).
Acercándose ellos le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!
El miedo lleva a poner los ojos en las dificultadas, no en el Señor…, hasta que vemos que solo Él es la solución. Ante las fuertes sacudidas de la vida, reaccionaremos con confianza serena. Seguir a Jesús es embarcarse en el camino de la inseguridad.
Les dice: ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?
Le han despertado aterrorizados. Él ha reaccionado de inmediato, pero sin levantarse de donde está recostado; sin prisas. Le vemos más afectado por la poca fe de los discípulos, que por los elementos que amenazan con hundir la barquilla.
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