03/08/2026 Lunes 18 (Mt 14, 22-36)
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Enseguida mandó a los discípulos embarcarse y pasar antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente.
Enseguida. Ayer le veíamos muy sensible ante el hambre de la gente; hoy le vemos muy sensible ante el peligro de populismo que puede deslumbrar a los discípulos tras el éxito de la multiplicación de panes y peces. Les obliga a embarcarse enseguida; ellos solos. La escena que sigue representa muy bien lo que todos experimentamos en momentos particularmente difíciles de la vida.
Ha oscurecido y las aguas se encrespan. La barca es batida por las olas y el miedo se apodera de los discípulos. Tanto que cuando el Señor se acerca andando sobre el agua se asustan y gritan de miedo pensando que es un fantasma. Él les dice: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! Y Pedro: Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua. Le dice Jesús: Ven.
Pedro saltó de la barca y comenzó a caminar por el agua acercándose a Jesús.
Pedro cree en Jesús. Está seguro de que, sostenido por su poder, podrá caminar sobre el agua sin hundirse. Pero…; la distancia para llegar a Jesús es lo suficientemente larga como para que el viento y las olas le distraigan. Y deja de tener los ojos fijos en el Señor. Y el miedo se le cuela entre las rendijas de su fe. Y comienza a hundirse. Y grita: ¡Señor, sálvame!
Hermosa oración; todos la podemos usar en momentos tormentosos. Y, como Pedro, veremos que Él vence oleajes y miedos. ¡Qué bueno tener en el Evangelio a Pedro! Resulta tan sencillo identificarnos con él. Y, ¡qué bueno ver que Jesús encomienda sus ovejas a un hombre frágil y cobarde como nosotros!
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