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03/11/2025 Lunes 31 (Jn 14, 12-14)

  • 2 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Cuando des un banquete invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos.

 

Después de tantos siglos, seguimos sin entender estas palabras que desafian el sentido común. Seguimos pensando que con la limosna cumplimos nuestros deberes hacia los pobres. Cuando, como dice san Agustín, el pobre no es solo alguien a quien se ayuda, sino la presencia sacramental de Cristo. Cuando, como dice el Papa León, los pobres no son un problema que resolver, sino hermanos y hermanas que acoger.

 

Jesús nos está invitando a situar nuestra vida en la órbita de la gratuidad. Cosa que solamente se consigue con el poderoso aparato propulsor de la oración. Así es cómo vamos abriendo espacios en los que los últimos se sienten acogidos. El cristiano y la comunidad cristiana estamos llamados a acoger con brazos abiertos a los más necesitados.

 

En las relaciones humanas dominan criterios de cercanía geográfica, familiar o emocional. Son relaciones gratificantes que inyectan equilibrio y armonía en la vida del ser humano. Jesús pretende revolucionar todo esto tan sagrado. Además, antes de decirlo, lo puso en práctica porque se abajó para ser como uno de nosotros.

 

Jesús no habla aquí de mesas y banquetes terrenos; habla de la mesa y del banquete del Reino. Nada de pretender sentarnos solos, o por delante. Nada de arrogancias, presunciones o aristocratismos espirituales. Dios, en Jesús, se hace siervo y se arrodilla ante los más pobres para lavarles los pies.

 

Las llamativas palabras de Jesús, antes de ser moralizantes y decirnos cómo debemos comportarnos, son teologales y nos dicen cómo se comporta Dios. Las llamativas palabras de Jesús me invitan a preguntarme si continúo viviendo pendiente de mi propio interés material o espiritual, o vivo pendiente de mis prójimos más necesitados.

 
 
 

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