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04/02/2024 Domingo 5º (Mc 1, 29-39)

  • 3 feb 2024
  • 2 Min. de lectura

Después salió de la sinagoga y con Santiago y Juan se dirigió a casa de Simón y Andrés.

Es sábado, el día santo de la semana. Jesús acaba de liberar de un espíritu inmundo a un hombre en la sinagoga; un espíritu inmundo que tenía totalmente avasallado al pobre hombre. El caso es que tanto el hombre como el espíritu inmundo se encuentran cómodos en la sinagoga. Pero cuando aparece Jesús se alborotan: ¿Qué tienes contra nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Una religiosidad legalista no hace mella en los espíritus inmundos.

Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios.

Jesús no hace caso de si la enfermedad es física o mental. Cura a todo aquel que vive sin firmeza (in-firmus). Además, en lo posible, procura acercarse y tocar. A la suegra de Pedro, postrada por la fiebre, Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. La contemplación orante de esta escena nos incentiva a tender también nosotros la mano a quien lo necesite.

Muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, se levantó, salió y se dirigió a un lugar despoblado, donde estuvo orando.

Antes del alba Jesús se apartaba y permanecía solo para rezar. De allí sacaba la fuerza para cumplir su ministerio, predicando y sanando (Papa Francisco). Pero Pedro y los discípulos, encantados ante la enorme popularidad del Maestro, no dudan en interrumpir su oración: Todo el mundo de busca. Y quedan desorientados ante la incomprensible reacción de Jesús: Vámonos de aquí a las aldeas vecinas, para predicar también allí, pues a eso he venido.

El discípulo, el cristiano, no ha de buscar éxitos y reconocimientos, sino cumplir con su misión de hacer el bien sin mirar a quién, y sin esperar nada a cambio. El discípulo, el cristiano, debe evitar fabricar nidos o madrigueras en los que instalarse. Jesús es el Camino y siempre está en camino. No se deja monopolizar por nadie; ni se deja encerrar en una cultura; ni hace nidos como los pájaros, ni excava madrigueras como las zorras (Lc 9, 58).

 
 
 

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