20/04/2026 Lunes 3º de Pascua (Jn 6, 22-29)
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Os aseguro que me buscáis, no por las señales que habéis visto, sino porque os habéis hartado de pan.
La gente ha comido bien y están satisfechos. Tanto que Jesús, conociendo que pensaban venir para llevárselo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo al monte, Él solo. Pero Jesús no está satisfecho. Sabe bien que una salud integral necesita algo más que un estómago lleno o una sólida cuenta bancaria. Jesús quiere que disfrutemos de salud integral: He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10). Así lo hizo con el paralítico; antes de devolverle la salud física, le dice: Hijo, tus pecados te son perdonados (Mc 2, 5). Jesús busca el bienestar pleno de la persona, liberándola de miedos y ansiedades; Jesús sana desde lo más profundo del ser, haciéndonos crecer en armonía y reconciliación.
Jesús se presenta y se ofrece como fuente de salud. Jesús irradia salud. Un teólogo protestante alemán de nuestro tiempo escribe: La terapia que Jesús pone en marcha es su propia persona. La fe en su amor incondicional y gratuito ofrece vida en abundancia; es experiencia de salvación. Si falta esa fe, falta la esperanza, y la vida queda vacía de contenido. Tengamos en cuenta, además, que la buena salud es cosa individual y social. Una sociedad enferma condiciona negativamente la vida de la persona sin fe.
Le preguntaron: ¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?
A una pregunta parecida Jesús había respondido: Guarda los mandamientos (Mt 19, 17). Ahora no. Ahora Jesús responde a quienes le seguimos. No nos basta ser buenos. Si queremos disfrutar de vida en abundancia tenemos que hacer de Él el corazón de nuestra vida.
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