04/08/2026 San Juan María Vianney (Mt 15, 1-2; 10-14)
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Se acercan a Jesús unos fariseos y escribas venidos de Jerusalén, y le dicen: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los mayores?
Tradiciones y costumbres son cosa buena; son entrañables lazos de unión con el pasado y cohesionan la convivencia. Claro que cuando la historia depara momentos de cambio hacia algo mejor, conviene relativizar tradiciones y costumbres; pueden convertirse en rémoras que frenen el cambio. Para fariseos y escribas, tradiciones y costumbres eran intocables. El antes fariseo, Pablo, dice ahora: Olvidando lo que queda atrás, me esfuerzo por lo que hay por delante y corro hacia la meta (Flp 3, 13).
Escuchad y atended: No contamina al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella.
Estas palabras me invitan a preguntarme si hablo mal de los demás; si soy propenso a juicios negativos y a sacar a relucir defectos ajenos; si me resulta más fácil ver las carencias ajenas que las mías. Debería mantenerme alerta para evitar todo chismorreo o murmuración. En la carta de Santiago leemos: El que no falla con la lengua es varón cabal… La lengua es un miembro pequeño y alardea de acciones grandes… La lengua es fuego. Como un mundo de injusticia, la lengua, instalada entre nuestros miembros, contamina el cuerpo entero e inflama el curso de la existencia… Con la lengua bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres creados a imagen de Dios (Sant 3, 2-9).
Fariseos y escribas son fieles a leyes y tradiciones, pero olvidan que leyes y tradiciones son como escaleras hechas para pasar por encima de ellas en busca de un nivel superior: el de la voluntad de Dios. Quien se queda en la escalera, no alcanza el nivel superior.
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