05/07/2026 Domingo 14 (Mt 11, 25-30)
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¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla. Sí, Padre, ésa ha sido tu elección.
Jesús se estremece de gozo ante el Padre-Dios. Es un Dios que no puede ser mejor. Es un Dios que, siendo todopoderoso y eterno, se enamora de lo débil, de lo pobre, de lo pequeño. Uno podría preguntarse: Este Dios y Padre nuestro, tan estupendo, ¿no podía haber creado un mundo mejor y unos seres humanos mejores? ¿O quizá debemos pensar que este mundo y estos seres humanos son lo mejor de lo mejor? Recordemos que Dios, al final de la creación, quedó muy contento de su obra: Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno (Gen 1, 31). Quienes creemos en el Amor podemos decir que sí, que el mundo y los humanos somos lo mejor. En una obra de arte, en un cuadro del Greco por ejemplo, los colores oscuros son tan importantes como los colores brillantes.
Acudid a mí los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Compartiendo el gozo de Jesús ante nuestro Padre Dios tan cercano a lo débil y pequeño los cansancios y agobios son mucho más llevaderos. Compartiendo el gozo de Jesús nos liberamos del perfeccionismo, del afán por hacerlo todo brillante, sin colores oscuros. Compartiendo el gozo de Jesús aprendemos a confiar y olvidarnos de tenerlo todo bien controlado. Compartiendo el gozo de Jesús emprendemos una vida más sencilla, sin grandes pretensiones, como lo canta el salmo: Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros; no persigo grandezas ni maravillas que me superan (Salmo 131, 1).
La sabiduría del Evangelio es la sabiduría de Dios. La asimilan los humildes y sencillos. Claro que la mucha familiaridad con los Evangelios es de gran ayuda, como testimonia santa Teresita: Solo tengo que poner los ojos en el santo Evangelio para respirar los perfumes de la vida de Jesús y saber hacia dónde correr.
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