05/08/2026 Miércoles 18 (Mt 15, 21-28)
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Una mujer cananea de la zona salió gritando: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija es atormentada por un demonio.
Jesús se encuentra en territorio pagano. Podríamos preguntar: ¿de dónde la fe de esta mujer? Y Jesús podría responder: El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va (Jn 3, 8).
Él no respondió una palabra.
Jesús pone a prueba la fe de la mujer. Escucha y se hace el sordo. Luego, cuando ella insiste bloqueándole el paso, le dice unas palabras humillantes: No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. La mujer encaja con elegancia la respuesta de Jesús. Proclama que la fe es pura gracia y admite no ser digna. Y que se contenta con migajas: Es verdad, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños.
Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.
Es un momento gozoso en la vida de Jesús. Le encanta ver cómo su Espíritu se salta toda clase de barreras para implantar el don de la fe allí donde nadie se lo espera. Sucedió también con el centurión romano: Jesús quedó admirado de su fe (Mt 8, 10).
La mujer cananea nos enseña a ir por la vida pendiente de las necesidades de los prójimos; como iba Jesús.
Jesús nos enseña a no hacer preguntas. Acepta la realidad de las personas que encuentra tal como es; no como le gustaría que fuese. Jesús nos enseña también a no crear dependencias con las personas a las que ayudamos; a dejarlas continuar con sus vidas. Porque sabe que todos estamos en las mejores manos.
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