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05/09/2023 Martes 22 (Lc 4, 31-37)

  • 4 sept 2023
  • 2 Min. de lectura

Estaban asombrados de su enseñanza porque hablaba con autoridad.

Asombrados porque entienden que Jesús habla desde la vivencia del corazón, no desde lo aprendido en una escuela. Asombrados, además, porque Jesús corrobora sus palabras sanando toda clase de dolencias, las del cuerpo y las del espíritu. Con razón su fama se difunde por toda la comarca.

El demonio inmundo se puso a gritar: ¿Qué tienes contra nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?

Es la lucha entre el liberador y el opresor. Se diría que estas palabras son pronunciadas por aquel pobre hombre que pide se le deje en paz y escoge continuar bajo el dominio de su opresor. ¡Qué difícil superar las adicciones! ¿Quizá nosotros mismos estamos habitados por algún demonio inmundo que nos mantiene subyugados?

Jesús le increpó diciendo: ¡Calla y sal de él! El demonio lo arrojó al medio y salió de él sin hacerle daño.

En verdad, la palabra de Jesús es poderosa. Habla con autoridad. Hasta los demonios le obedecen. Santa Teresa lo sabe bien: Si este Señor nuestro es poderoso, siendo yo sierva de este Señor y Rey, ¿qué mal me pueden ellos hacer a mí? ¿Por qué no he de tener yo fortaleza para combatirme con todo el infierno?

¿Qué significa esto? Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.

Cuando concluimos el Padrenuestro pedimos al Señor que nos libre del mal, de todo mal. Para eso se hizo hombre: para darnos vida en abundancia, vida en plenitud. Tengamos siempre presente que quienes seguimos los pasos de Jesús estamos llamados a continuar esa misma obra de liberación. Contamos para ello con las poderosas herramientas de la fe y de la oración, evidenciadas en el servicio y la entrega.

 
 
 

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