05/11/2026 Jueves 31 (Lc 15, 1-10)
Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a escucharlo, de modo que los fariseos y los letrados murmuraban.
Jesús escandaliza a la gente de bien, porque confraterniza con la gente de mal. No lo entienden. Y no lo entienden, porque su dios no es el verdadero Dios. Su dios es el Dios de la ley y del orden, mientras que el Dios verdadero, el Dios de Jesús, el Dios que es Jesús, ni impone castigo por las ofensas cometidas, ni exige arrepentimiento para el perdón. No pueden entender que en el cielo haya más fiesta por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse. No pueden entender que, mientras el hombre pecador parece poder prescindir de Dios, Dios no pueda prescindir del hombre pecador, y nunca dé a nadie por perdido.
Si uno de vosotros que tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va a buscar la extraviada hasta encontrarla?
Hasta encontrarla. La búsqueda es tenaz, incansable. Nada detiene al pastor. No permite que la oveja se pierda definitivamente: El Señor no se retrasa en cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que tiene paciencia con vosotros, pues no quiere que se pierda nadie, sino que todos se arrepientan (2 P 3, 9).
Si una mujer tiene diez monedas y pierde una, ¿no enciende un candil, barre la casa y busca diligentemente hasta encontrarla?
¡Qué culpa tendrá la pobre moneda de caerse y rodar hasta acabar en el rincón más escondido! Con esta parábola, Jesús recalca la poca conciencia del pecador: No saben lo que hacen, dirá desde la cruz. Recalca, sobre todo, el empeño del Señor en recuperarlo; nadie debe perderse.
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