06/06/2020 Sábado 9 (Mc 12, 38-44)
- 5 jun 2020
- 2 min de lectura
Guardaos de los escribas que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas…
Para Jesús es una aberración el uso de la religión en beneficio propio. No digamos si se llega incluso a hacer daño a los más débiles. Es en el Evangelio de Mateo donde Jesús clama con mayor virulencia contra los dirigentes de la religión judía, especialmente en el capítulo 23. Ya en el siglo V, san Jerónimo decía que ese capítulo 23 fue escrito para nosotros, porque hemos adquirido esos mismos vicios que Jesús fustigaba en aquellos escribas y fariseos. También nuestra Iglesia sufre la enfermedad del clericalismo; de ahí la notable ausencia del don de profecía.
Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas.
Contemplando a Jesús con los ojos puestos en la viuda pobre, acuden a nuestra mente las palabras del profeta: En ése pondré mis ojos: en el humilde y en el abatido que se estremece ante mis palabras (Is 66, 2). También las de María en el Magnificat: Ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava (Lc 1, 48). Contemplando a Jesús nos percatamos de que se está identificando con aquella mujer, porque el Espíritu la ha conducido también a ella a una entrega como la suya propia: gratuita y total.
Nuestro Señor es tan amigo de la humildad porque Dios es la suma Verdad, y la humildad es andar en verdad. Es cosa muy grande entender que no tenemos cosa buena, solamente miseria y ser nada. Y quien no entiende esto, anda en mentira. Cuanto mejor lo entendamos, más agradaremos a la suma Verdad. Él nos conceda no salir jamás de este conocimiento propio. Amen (Sta. Teresa).
Comentarios