15/08/2026 Asunción de María (Lc 1, 39-56)
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Entonces María se levantó y se dirigió apresuradamente a la serranía, a un pueblo de Judea. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Celebramos la Asunción de María reviviendo su encuentro con su prima Isabel. Fue uno de los momentos más significativos en la vida de las dos mujeres. Significativo, por la alegría que comparten en aquel momento, y por lo que supuso de anticipo de la alegría que llegaría después a toda la creación: Os doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo (Lc 2, 10).
Esta fiesta proclama a toda la humanidad el cumplimiento de la esperanza final, cuando todo tendrá a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra (Ef 1, 10). La contemplación de la Asunción de María nos lleva a ver en ella las dos cosas que mejor la caracterizan: la alabanza y el servicio. María, la de la alabanza, resplandece en el Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor. A María, la del servicio, la vemos en las bodas de Caná, con su delicada atención al bienestar de todos y con sus discretas palabras a los oídos Jesús: No tienen vino.
Proclama mi alma la grandeza del Señor. María canta su experiencia personal de salvación. Desde esa experiencia personal, María canta la historia de salvación universal. María, la dichosa por haber creído, lo ve y lo vive todo desde la fe.
El Evangelio de esta fiesta nos invita a, como ella, salir de nuestro mundo para encontrar al otro en su necesidad. Nos invita también a compartir nuestra experiencia personal de fe proclamando al mundo la misericordia de Dios que se extiende a todos de generación en generación, y viviendo desde ya la alegría de la gloria eterna. María canta el poder del Amor. Con su corazón de madre entiende el amor de Dios Padre y Madre. Por eso que nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8, 39).
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