16/08/2026 Domingo 20 (Mt 15, 21-28)
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Se marchó a la región de Tiro y Sidón. Una mujer cananea de la zona salió gritando: ¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija es atormentada por un demonio.
Se marchó a la región de Tiro y Sidón. Leídas las líneas que preceden a este relato, tenemos la impresión de que Jesús deja su tierra y entra en país pagano para oxigenarse un poco, harto de tanta formalidad y de tanto formalismo.
Una mujer cananea de la zona salió gritando. Sabemos de ella que era una mujer, que era pagana y que era madre. No sabemos si tenía marido o era madre soltera. Tampoco lo sabía Jesús; ni le importaba. Como dice el Papa León, la dignidad humana no depende de las capacidades que posee…, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla (M.H. 50).
Jesús decide probar la fe de la mujer: No está bien quitarles el pan a los hijos y dárselo a los perros. Ella supera la prueba: Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. Y Jesús no puede permitir que quien tiene derecho a la mesa, tenga que contentarse con las migajas que caen de ella. Tampoco nosotros hoy podemos permitirlo. Dejamos de ser seguidores de Jesús, cuando hacemos nuestros los idearios políticos que rechazan al diferente, al migrante. Podríamos considerarnos fervientes católicos, pero no tendríamos nada de cristianos.
En la presencia del Señor me pregunto: ¿Cuánto significan para mí las barreras del género, de la raza, de la religión?
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