06/07/2026 Lunes 14 (Mt 9, 18-26)
- hace 2 horas
- 2 min de lectura
Mientras les explicaba eso, se le acercó un funcionario, se postró y le dijo: Mi hija acaba de morir. Pero ven a imponerle tu mano y ella recobrará la vida.
Mientras les explicaba eso. A los discípulos del Bautista; sobre el ayuno. En ese momento, sentado todavía a la mesa de Mateo (v 10), llega el funcionario, abatido por la muerte de su hija: Ven a imponerle tu mano y ella recobrará la vida. Jesús se levanta al instante, y le sigue. En el camino una mujer enferma se le acerca por detrás, convencida de que con solo tocar su manto quedaré sana. Ambos, funcionario y mujer, tienen mucha fe en Jesús; aunque creen necesarios cercanía y contacto físico. Jesús dice que lo que salva no es la cercanía y el contacto, sino la fe: ¡Ánimo, hija!, tu fe te ha salvado.
Los milagros, tanto los de entonces como los de ahora, sorprenden a muchos. Hay quienes, apelando a explicaciones racionales, no ven milagros en ninguna parte. Y, sin embargo, quien tiene luz suficiente en los ojos, ve milagros por todas partes. Los milagros puntuales son expresiones efímeras del más verdadero y más permanente de los milagros: el amor de Dios que lo transforma todo.
Jesús llega a la casa del funcionario y encuentra las tradicionales y ruidosas manifestaciones de duelo. Les dice a todos: Retiraos; la muchacha no está muerta, sino dormida. Se reían de Él.
A los humanos nos gusta rodear la muerte de dramatismo. Los músicos han compuesto piezas fúnebres que provocan escalofríos. Mejor acercarnos a la muerte con la naturalidad de Jesús. Mejor, más allá de las lágrimas, ver en la muerte, sobre todo, la gloriosa y gozosa venida de nuestro Salvador Jesús.
Comentarios