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06/11/2025 Santos Pedro Poveda y compañeros (Lc 15, 1-10)

  • 5 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Éste acoge a los pecadores y come con ellos.

Los buenos, fariseos y escribas, se quejan de que Jesús sea tan complaciente con los malos, publicanos y pecadores. Los defensores de la ley y del orden entienden que el peso de la ley debe caer sobre todo aquel que la quebranta. Les sobran, nos sobran a todos razones humanas para pensar así. Pero no es esa la manera de pensar de Dios: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo (Lc 6, 36).

Él les contestó con las siguientes parábolas:

Son las tres parábolas de la misericordia: oveja perdida, moneda perdida e hijo perdido. Hoy escuchamos las dos primeras. Se parecen mucho. La primera con protagonista masculino, la segunda con protagonista femenino. Ambos hacen un esfuerzo aparentemente excesivo por encontrar algo que han perdido; excesivo porque ni una oveja entre cien es para tanto, ni lo es una moneda entre diez. Vienen a la mente las apasionadas palabras de Dios en Oseas: Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. Que yo soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador (Os 11, 8-9).

¡Alegraos conmigo!

Los protagonistas de estas parábolas no son los perdidos, sino los buscadores. Nada detendrá al pastor, nada detendrá a la mujer. No tendrán paz hasta encontrar lo que buscan. Llama la atención la alegría del pastor al encontrar su oveja, y la alegría de la mujer al encontrar su moneda. ¿No es exagerado? ¿Dónde queda el sentido común humano? Pero es que Dios nunca da a nadie por perdido. Su felicidad depende de la nuestra, como la felicidad de los papás depende de la del bebé.

 
 
 

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