09/01/2026 Viernes del tiempo de Navidad (Mc 6, 45-52)
- Angel Santesteban

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Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar.
Después de despedirse de ellos: de la gente. Antes había obligado a los discípulos a subir a la barca e ir por delante de Él hacia Betsaida. ¿Por qué esa prisa? Porque temía que, tras el clamoroso milagro de la multiplicación de los panes y los peces, el virus de la popularidad contagiase a los discípulos.
Se fue al monte orar. A Jesús no le bastan las oraciones de todo judío piadoso. La oración más significativa para Él es la oración personal; es el alma de su vida. Su oración es encuentro íntimo con el Padre. Y para eso busca lugares solitarios. Ahí está la fuente de su energía; ese es su pan de cada día.
Ellos viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar.
El miedo, saludable cuando racional, puede, cuando irracional, paralizar y bloquear la vida. El miedo nos encierra en nosotros mismos y hace que llevemos una existencia lastimosa. Es muy fácil identificarnos con estos discípulos asustados por el oleaje y la oscuridad… Les pasa esto, porque no han aprendido todavía a subir al monte a orar, como Jesús. Cuando falta la oración personal, cuando falta el encuentro personal con el Señor, resulta imposible escapar del miedo; hasta la presencia de Jesús puede sobresaltarnos: Creyeron que era un fantasma.
Él, al instante, les habló diciendo: ¡Ánimo!, que soy yo, no temáis.
Podría haberles reprochado su poca fe. Pero comprende que para caminar sereno entre los oleajes y las oscuridades de la vida necesitamos tiempo; necesitamos, sobre todo, asumir la cruz. Solamente entonces los discípulos comenzamos a disfrutar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
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