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07/01/2024 Bautismo del Señor (Mc 1, 7-11)

  • 6 ene 2024
  • 2 Min. de lectura

Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán.

Juan proclamaba un bautismo de conversión para perdón de los pecados. Eran muchos los que se acercaban para ser bautizados y sentirse liberados de sus culpas. Es muy significativo el gesto de Jesús de mezclarse con la multitud esperando su turno para entrar al Jordán: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres (Flp 2, 6-7).

Según crezca mi identificación con Jesús más claro tendré que estoy llamado a decrecer. Como Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (Gal 2, 20). Como el Bautista: Es preciso que Él crezca y que yo disminuya (Jn 3, 30).

Es muy significativo también el gesto del Padre y del Espíritu con Jesús: En cuanto salió del agua, vio el cielo abierto y al Espíritu bajando sobre Él como una paloma. Y las palabras a Él dirigidas: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. Palabras que volverán a resonar en el monte de la Transfiguración, esta vez dirigidas a los discípulos: Este es mi Hijo amado, escuchadle (Mc 9, 7).

Nos dice el Evangelista Lucas que Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52). Jesús, desde su humanidad, fue descubriendo progresivamente su divinidad. Ambas, humanidad y divinidad, conviven sin mezclarse ni excluirse.

En el primer día de su ministerio, Jesús nos ofrece así su manifiesto programático. Nos dice que Él no nos salva desde lo alto, con una decisión soberana o un decreto, no: Él nos salva viniendo a nuestro encuentro y tomando consigo nuestros pecados. Es así como Dios vence el mal del mundo: bajando, haciéndose cargo (Papa Francisco).

 
 
 

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