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07/04/2026 Martes de la Octava de Pascua (Jn 20, 11-18)

  • 6 abr
  • 2 min de lectura

María estaba frente al sepulcro, afuera, llorando.

Durante la Octava de Pascua el Evangelio nos ofrece una serie de encuentros del Resucitado con sus discípulos. Encuentros que estamos llamados a contemplar y a personalizar. Hoy es el encuentro con María Magdalena. Ella representa al discípulo fervoroso que, sin creer en la Resurrección, no se resigna a olvidar lo vivido. Pedro y Juan se han marchado, pero ella continúa junto al sepulcro. Busca una respuesta y no la encuentra. Aunque, finalmente, sí que la encuentra.

Primero, confundiendo a Jesús con el hortelano, le pide que le diga dónde encontrar a Jesús para llevárselo. San Juan de la Cruz, contemplando este momento, comenta: Esta embriaguez de amor la hizo preguntar al que, creyendo que era el hortelano, le había hurtado del sepulcro, que le dijese si le había él tomado, dónde le había puesto, para que ella le tomase. No mirando que aquella pregunta, en libre juicio y razón, era disparate; pues que está claro que si el otro lo había hurtado, no se lo había de decir, ni menos se lo había de dejar tomar (2 N 13, 7).

Es entonces cuando Jesús se manifiesta llamándola por su nombre: ¡María! Ella abraza sus pies, pero Jesús le dice: Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.

Es cuando creemos haber perdido a Jesús, cuando más cerca le tenemos. Es entonces cuando comenzamos a relacionarnos de manera distinta. Es una relación con menor peso del sentimiento, y con mayor peso de la fe. Relación de menor emotividad intimista, pero de mayor atención a los hermanos.

 
 
 

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