30/07/2026 Jueves 17 (Mt 13, 47-53)
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Un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo.
Su tesoro. El tesoro del que sacamos lo nuevo y lo antiguo es el Evangelio. El Papa Francisco exhortaba con vehemencia a hacer del Evangelio el libro de la oración y de la vida: Leed el Evangelio. Leed el Evangelio. Cada día un pasaje. Y también llevar un pequeño Evangelio con vosotros en el bolsillo, en la cartera. Y allí, leyendo el Evangelio, encontraremos a Jesús. Todo adquiere sentido allí, en el Evangelio, donde encuentras este tesoro que Jesús llama el reino de Dios. Dios que es amor, paz y alegría en cada hombre y en todos los hombres.
Y santa Teresita, muy en sintonía con las palabras del Papa Francisco, escribe: Solo tengo que poner los ojos en el santo Evangelio para respirar los perfumes de la vida de Jesús y saber hacia dónde correr.
El discípulo, como el Maestro, es inconformista e innovador; experto en lo que el Papa Juan Pablo II llama fidelidad creativa. Fidelidad y creatividad que brotan de la búsqueda orante en ese tesoro de la Palabra de Dios, del Evangelio.
El discípulo saca de ese tesoro lo que necesita en cada momento. Como Jesús que, con frecuencia, recurre a la Palabra de Dios. Aunque el pozo sea antiguo, su agua es siempre nueva y fresca. Jesús nos invita a recurrir al Evangelio. Es ahí donde, guiados por el Espíritu, satisfacemos la sed: Quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, pues el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna (Jn 4, 14).
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