31/07/2026 San Ignacio de Loyola (Mt 13, 54-58)
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Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.
La fe es un regalo muy grande. Nos cuesta enterarnos de ello; como les costó a los primeros discípulos: ¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron (Mt 13, 16-17). ¿Quizá a nosotros nos cuesta entenderlo por haber nacido en un país donde todos éramos oficialmente católicos y creíamos que eso significaba tener fe? Es posible ser católico practicante y no ser verdadero creyente.
El camino de la fe es camino de luces y sombras, de días resplandecientes y noches oscuras. Nos cuesta aceptar que las dudas de fe sean cosa normal. Pensamos que, ante las tragedias de la vida, no es correcto preguntarnos: ¿Por qué Dios permite esto? Una fe sin dudas es una fe frágil porque no ha sido probada.
Recordemos la noche de la fe de Santa Teresita: Las nieblas que me rodean se hacen más densas. Me parece que las tinieblas, burlándose de mí, me dicen: Sueñas con la luz, crees que un día saldrás de las nieblas que te rodean. ¡Adelante! Alégrate de la muerte, que te dará, no lo que tú esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la nada. Cuando canto la felicidad del cielo, no experimento la menor alegría, pues canto lo que quiero creer.
El pensar haber sido abandonados por Dios es algo que muchos santos han experimentado. Las crisis de fe no son pecados contra la fe; ponen de manifiesto la necesidad de entrar más adentro en las profundidades del misterio de Dios: Una fe sin estas pruebas me hace dudar de que sea una fe verdadera (Papa Francisco).
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