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07/09/2020 Lunes 23 (Lc 6, 6-11)

  • 6 sept 2020
  • 2 Min. de lectura

Él, conociendo sus pensamientos (de escribas y fariseos), dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte ahí en medio.

En medio, en el centro. El centro de la sinagoga estaba ocupado por las personas más importantes del pueblo: los escribas y fariseos. Pero los ojos de Jesús no se fijan en ellos; se fijan en quienes, como gusta decir el Papa Francisco, ocupan la periferia. Podemos adivinar la pena de Jesús ante un culto muy meticuloso con el ceremonial pero incapaz de empatizar con los pobres y los que sufren. Jesús trae la revolución: la periferia al centro y el centro a la periferia. Al Dios de Jesús, al Dios que es Jesús, no le agrada el culto que pone el sábado por delante de los necesitados.

Jesús podía haber esperado unas horas hasta la puesta del sol. Pero, no; está en juego lo más importante del culto que Él propone. Naturalmente, a los rigoristas de entonces y a los de ahora, se les indigesta esta revolución. Para ellos, lo primero y lo más sagrado es Dios, y los prójimos quedan en segundo plano, y no tienen nada de sagrado. Por eso que aquellos santos varones deliberaban entres sí qué harían a Jesús, convencidos de que eliminando a Jesús harán un servicio a Dios.

Es como para preguntarnos cómo es posible que personas tan religiosas estén tan ofuscadas. Es como para preguntarnos si no hay algo de esto en nosotros mismos. ¿No es cierto que a veces, en nombre de Dios y con la excusa de ciertas obligaciones, dejamos de atender a los prójimos que son quienes tienen que ocupar el centro de nuestro culto a Dios?

 
 
 

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