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08/04/2026 Miércoles de la Octava de Pascua (Lc 24, 13-35)

  • 7 abr
  • 2 min de lectura

Aquel mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén.

Aquel mismo día: día de la resurrección de Jesús. Dejan Jerusalén, dejan el grupo de discípulos. Jesús les ha decepcionado; están decepcionados también consigo mismos: ¡Nosotros esperábamos que Él fuera el liberador de Israel!

A Cleofás y a su compañero se les apagó la fe. Es una prueba muy dura que muchos discípulos experimentan. Como santa Teresita: Cuando canto la felicidad del cielo, no experimento la menor alegría, pues canto simplemente lo que quiero creer. Los dos discípulos de Emaús podemos ser tú y yo cuando vamos por la vida cabizbajos porque nuestras seguridades se nos han venido abajo.

Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerle.

Jesús, que no da por perdido a nadie, entra delicadamente en su conversación y les ofrece una lectura distinta de lo sucedido. Hasta que se les abren los ojos y regresan alegres al grupo para dar su testimonio. Creer consiste en verlo todo con ojos pascuales. 

Comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Para reconocer Jesús y volver a la comunidad, necesitamos dos cosas. La primera, escuchar la palabra de Jesús: Mientras nos explicaba las Escrituras es cuando comenzó nuestro corazón a arder. No es posible un encuentro con el resucitado sin familiaridad con las Escrituras. La segunda, la cena con el Señor: Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

 

 
 
 

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