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09/01/2024 Martes 1 (Mc 1, 21b-28)

  • 8 ene 2024
  • 2 Min. de lectura

La gente se asombraba de su enseñanza porque lo hacía con autoridad, no como los letrados.

Con autoridad. No porque fuera un funcionario de la religión judía, sino porque predicaba desde el corazón, desde lo que vivía. El Papa Francisco dice que los fariseos se sentían príncipes y maestros. Ellos mandaban y a los demás les tocaba obedecer. Jesús vivía lo que predicaba. Y esta es la autoridad que siente el pueblo de Dios: una autoridad humilde, de servicio, una autoridad cercana a la gente y coherente.

Precisamente en aquella sinagoga había un hombre poseído por un espíritu inmundo.

¿Qué son los espíritus inmundos? Se pueden dar muchas respuestas, pero coincidiremos en que son fuerzas del mal que nos complican la vida a cualquier nivel, personal o social. Es importante saber qué demonios inmundos tienen mayor dominio sobre mí. ¿Quizá me encantaría verme libre de algunos de ellos y de otros no? San Pablo habla así de ellos: No peleáis contra seres de carne y hueso, sino contra las autoridades, contra las potestades, contra los soberanos de estas tinieblas, contra espíritus malignos del aire (Ef 6, 12).

¿Qué tienes contra nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?

El espíritu inmundo cohabitaba pacíficamente con aquel hombre, incluso en rezos de la sinagoga. Pero cuando Jesús se presenta, el espíritu inmundo se sabe amenazado. Con razón; como dice san Pablo, una vez despojados los principados y las potestades, los exhibió públicamente en su cortejo triunfal (Col 2, 15).

Jesús lo increpó: Cállate y sal de él.

Jesús ha venido para liberarnos del mal. Quizá no tan pronto como nos gustaría. Pero la fe proclama que al final así será. Entretanto toca aprender a vivir serenamente con las cizañas en mí o en mi entorno.

 
 
 

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