01/03/2026 Domingo 2º de Cuaresma (Mt 17, 1-9)
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Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada.
Sube a una montaña elevada con tres de ellos, mientras los otros nueve quedan en el llano. Si preguntamos a Jesús por qué tal discriminación nos dirá como el amo de la viña: ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? (Mt 20, 15). Así se comportó aquel día y así continúa comportándose hoy. Cosas suyas.
Y se transfiguró delante de ellos.
La experiencia llena al discípulo de luz y gozo: Señor, ¡qué bien se está aquí! Es una experiencia que tiene como fin que el discípulo asuma la cruz. Les ha hablado muchas veces sobre ello, pero no lo comprenden.
Se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él.
Hablaban, dice Lucas, de la partida de Jesús que se iba a consumar en Jerusalén (Lc 9, 31). Moisés y Elías, la ley y la profecía, la revelación y la creación, todo tiene como punto de referencia a Jesús, todo debe ser visto desde Jesús, porque todo tiene en Él su consistencia (Col 1, 17).
Pedro tomó la palabra y dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si te parece, armaré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
También Pedro y sus compañeros quedan transfigurados. Es la experiencia a la que somos llamados los agraciados con el don de la fe. Así es cómo nos convertimos en bendición para los demás cuando bajamos de la montaña.
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió una voz que decía: Éste es mi Hijo amado. Escuchadle. Escuchadle. Es la palabra clave de toda la escena. Los discípulos estamos llamados a escucharle a Él, solamente a Él. San Juan de la Cruz pone estas palabras en boca del Padre: Pon los ojos sólo en Él. Porque en él te lo tengo todo dicho y revelado. Y hallarás en Él aún más de lo que pides y deseas.
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