09/02/2026 Lunes 5º (Mc 6, 53-56)
- Angel Santesteban

- hace 1 día
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Le fueron llevando en camillas todos los enfermos en camillas, a donde oían que se encontraba.
Quienes creemos en Jesús debemos acostumbrarnos a practicar el oficio de camillero. A diario. Ponemos sobre la camilla de nuestra oración a quienes necesitan ser sanados en el cuerpo o en el alma y los acercamos a Jesús.
Le rogaban que les dejara tocar al menos la orla de su manto. Y los que lo tocaban se sanaban.
Con frecuencia vemos a Jesús que toca o se deja tocar. Así libera de la enfermedad a quien se le acerca; libera incluso de la muerte (Mc 5, 41). Claro que también vemos a Jesús que cura sin contacto físico y admira la fe de quien no lo ve necesario, como en el caso del centurión romano (Mt 8, 8). Y vemos cómo, después de resucitado, pide a sus amigos que prescindan de los sentidos en su relación con Él. A Magdalena le dirá: Deja de tocarme (Jn 20, 17). Y al grupo de discípulos: Dichosos los que no han visto y han creído (Jn 20, 29).
De todos modos, si nuestra fe es todavía inmadura, nos acercamos a Jesús para tocarle de la manera más física posible: ¿En los Evangelios?, ¿en la Eucaristía?, ¿en los Prójimos? Él no nos rechaza. Ante la necesidad, Jesús siempre actúa movido por la compasión. Se acomoda a la fe del menesteroso, sin pedir nada a cambio.
Pero ser tocado y curado no es suficiente. Debemos ir más lejos. Como dice el Papa Francisco, para conocer al Señor no basta saber algo de Él, sino que hay que seguirle, dejarse tocar y cambiar por su Evangelio. Se trata de tener con Él una relación, un encuentro.
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